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jueves, marzo 27, 2008

Lampyris noctiluca

Al filo de un verano en primavera, en el surco que dejas en mi olivo, compañera de canela en rama. A quien nunca la han cantado trovadores, a quien nunca malos poetas compusieron sueños, ni la dijeron niña bonita los gitanos de la calle. A quien afila la noche haciéndola fría. A quien surge de la nada, de los días, del amanecer más blanco. Al filo de tu nombre, de mis ganas por tus sombras, del ajedrez con muerte en jaque de reina. A aquel primer adiós que no recuerdas, a aquel primer hola que se olvida. Al agua del oasis del desierto, del morir matando, del robar escaleras y filtrar lluvia por las líneas de las manos, de tus manos y las mías y dormir acurrucado donde la Luna elija. A lo alto o bajo de tu ventana, dormida en persianas por las que ulula el viento y los soles más cotillos vienen a robarte el alba. Y tú callada, en silencio, componiendo luces de campanillas en abdomen. Y los adioses, como ayer, de verde hierba, y los relojes detenidos en minutos y en grupas de viento avanza el tiempo, y en deseos de cobrar recibos. Sin ser más yo que antes, ni menos tuyo que cualquiera, acompáñame al Monte del Olvido para perder los semblantes más serios de mi mismo. Y en razones moriría si te dijera esto, por eso no te digo, no al menos como bien me gustaría, cara a cara, al olor de los calores de mejillas rojas… solo eso te digo, sólo para que digas… para que digas… mintiendo... que nunca jamás te han escrito…

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