En aquel rincón del mundo no había reloj que me dijera tu hora. En adioses de albahacas o romeros, de verdes hierba. En canelas de visión nocturna que lanzan besos… y yo los recojo todos y no sé qué hacer con ellos. Nunca te pensé como aquella francesa de pelo a lo Garçon del final de la barra del Mary Street… nunca como aquel suspiro inerte de aire, yermo de sentimiento que se lanza por lanzar a la boca ajena. Quizá porque nunca te pensé… o nunca he dejado de hacerlo desde que te pienso y por eso no soy consciente del daño cerebral que me mantiene con vida. Me pongo tan torpe cuando a veces quiero… me salen tan mal determinadas frases, esas vacías y silenciosas que rompen muros de paciencia… esas que encajan perfectamente con el movimiento poco acertado de tornar la cabeza hacia el sonrosado contoneo de unos labios sonrosados. La demencia es el estado previo a la más absoluta locura. El mañana es demasiado tarde y la luz engreída que entra por las rendijas de las persianas rompe el encanto de ver “a la dormida. Siempre a la dormida. Esa que no conoces ni conocerás en vida”. Y tu voz y su eco… puñaladas… y tu voz y su eco heridas, sangre, llanto y sueño… contigo, aunque no lo creas tú… ni yo… como anoche… y los lugares visitados están llenos de restos, de ganas, de olvidos y olvidos por darte la ventaja suficiente de conocer mis malditas medias verdades. Y no sé que es esto que debería esperar y ventanas abro a los mares que riegan el yermo llanto… y un poco señor Cessaine, de erres arrastradas y pelo engominado, me siento, con esa frase suya tan a lo francés… “Maintenant que je mords au temps, qui me reste court et les deuxièmes resten… par toi” en ese “ahora que muerdo al tiempo, que me queda corto y me sobran los segundos… por ti”. Ahora que rompo las espinas de las rosas y sangro pétalos… ahora que he quitado el cartel de cerrado por derribo y el termómetro ya no marca muchos grados bajo cero… ahora que no queda más que la duda, eterna y bendita duda de un basado en hechos reales… ahora, sólo eso, nos queda el ahora para pedirte que te quedes al filo de la puerta de un letargo para toda la vida… contigo o conmigo… en ese intento de hacer el nos más grande… y al final del todo un adiós… o adioses… de albahacas o romeros, de verdes hierba, que en palabras mudas termina mi tiempo… en holas y adioses canelas de visión nocturna… quédate para siempre… aunque no quieras…
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