Un leve titilar de velas graciosas iluminaban una estancia adormecida en luz. Un manojo de sombras y herrumbres ruinosos de mirada curiosa avistaban y controlaban cada uno de mis movimientos. Ordenes exactas y precisas. Desbrozar aquí, arrancar allá, mover esto de sitio que aquí ocupa un espacio precioso donde bien pudiera estar esa lámpara dorada. Desde Madrid las palabras carecen de un sentido propio, carecen de verdad. Las esquinas huelen a gris, y las calles, apenas pisadas, se convierten en polvo blanco y mortecino. Esta ciudad se nos muere si no estás. Aquel hombre de bombín azul, gabardina azul y camisa blanca sostenía una mirada acertada hacia el contoneo sexy de esa otra muchacha; sus aires de bailarina anónima, con sus leves aleteos de labios para mover el viento que separaba su boca de mis oídos valía el leve peso que en sí tenía. Pero aquí… las palabras mareadas aún de viajes y trasiegos, de otras cartas en si menor que murieron para siempre en el caducar del tiempo y en esos gigantes que me impongo yo mismo sin que nadie más me imponga… todo lo que haya pasado desde el primer día hasta hoy carece de sentido. Desde Madrid el viento llega mudo, sin noticias de voces, miradas o dudas que en mi parecer me ataran a la columna siempre suya de Prometeo. El águila que siempre devora se llama duda y proceso honores a una interrogante mayúscula entre nombres de mujer… Será la infancia que me visita para decirme lo tonto que fui pudiendo ser más tonto… Y aquel leve tintineo en el vórtice mismo de la serpiente azul… y aquel escrutador juez de miradas asesinas… Perdí mi partida al póker en no saber sostener ninguna de las verdades que aún no sabía. Perdí mi mitad más inmediata dejando escapar para siempre sus siempre frágiles vocecillas de cristal que ahora noto dentro. La apuesta entre rojo o negro, par o impar deriva en una consecución de ideas ilógicas, de ganas de todo y de actos de nada. El mundo, desde Madrid, es tan frío como caliente, y en ese espectáculo de luces y sonido de lo incierto me siento a contemplar el poco aire que me queda. Como antaño, podría comenzar a rebuscar entre viejos disfraces a ver qué podría parecer ahora, qué montaña podría escalar para ir a buscar besos, qué racimos de rosas recortar para entregarlos a las sombras esas en derribo que decía en la segunda frase, porque nunca llegas a tiempo. Y es que eres tú sin serlo y tan cerca de ser has sido que no sé ya ni lo que eres ni lo que quiero que seas. Y en el fondo, como siempre… escribo notas mudas que nunca son leídas cuando deberían serlo, y nunca dicen con claridad que deseo conocerte hasta el mismo instante en el que me dejes y más allá incluso de tu propia voluntad… y sin embargo, una vez más, me falta el rostro al que decirle tanta tontería, tanta palabra ingenua y entregar tantos y tantos besos que de cosecha propia ya van para siete años… toda una vida de encierro personal que bien merecen romper con las cadenas… aunque sólo sea porque a la luz del sol del desierto prometí que haría lo posible por hacer lo imposible… aunque esto suponga olvidar para siempre que una vez no quise otra cosa que querer y aún así no lo hice… Abrir balcones, quitar las malas hierbas y henchirme de valor para surcar tus vientos… esos que en el leve abrir de tus labios, como ya dije, dejaban al descubierto la parte más flanqueable de mi mismo…
PD: probablemente ya sea tarde para acostarse tarde y romper con ello las ganas que tenía de verte amanecer, pero aún con todo, no me arrepiento de perder ni uno sólo de mis segundos al vil paso de distancia de un olvido, de romper líneas para escoltar vientos y dejar escapar bostezos… sólo me arrepiento de aquella última batalla, herido de sueño en el que deje escapar un buen sol de despedida de un lugar que nunca jamás volverá a ser como yo lo dejé…
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