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lunes, octubre 30, 2006

El escultor

La noche que comencé a suplantar a aquel hombre aún me creía inocente. Su nombre sonaba a pasado, pero aquel pasado hacía demasiado tiempo que había marchitado, por lo que quizá tenía algo de nuevo. Creo que así de primeras nunca me creyó lo suficiente. Siempre terminó sospechando lo que posteriormente pasaría. En mí mismo la práctica poco ordenada de ser un artesano de hierro forjado. En ella, el mal deseo de trabajar con arcilla. Mis manos demasiado ásperas para tocar el barro; las suyas demasiado finas para rozar el hierro. Una noche que llovía me dio por preguntarla qué sentía cuando sus dedos índice y anular dejaban filtrar pequeñas gotas de barro espeso. Ella, siempre muy altiva contestó que qué sentía yo cuando se me iban clavando pequeñas astillas de hierro sin fundir. Quizá ese hubiera sido el momento de contestarla con un “lo mismo que ahora”, viendo que sus ojos se iban a aquellos trabajos en madera que otros tallaban sin el arte necesario. Un día de sol le propuse acompañarme a ver como retorcía los metales. Me dijo que hacía demasiado calor, que su arcilla se secaría si no la remojaba, y no quiso venir. Entonces su recuerdo, por efímero que fuera, me iba entonando una vuelta, y otra, como una bailarina que sostiene su punto de gravidez en el aire. Sencillamente recuerdo. Un día me invitó a su casa. En una lúgubre alcoba de piedra, donde la humedad se filtraba como si de luz fuera, el barro necesario para moldear mil cuerpos y la idea necesaria de automoldearse. Decía que le sobraba tierra de aquí y le faltaba tierra allá. Decía que si fuera otra, que si pudiera hacerse de nuevo. En el rincón más oscuro de aquel cuarto se desnudó. Sin pudor ninguno dijo “toma el barro que haga falta y hazme como tú me harías”. Yo no era sabio en tratar con arcillas ni piedras preciosas. Mis manos poco acostumbradas a la suavidad parecían garras que destrozaban las paredes de la cueva. Tomé de aquí y allá. Mis dedos se atascaban entre el barro y entonces recordé aquella estatua que había hecho pensando en ella. No era hierro lo que trataba. En un momento la arcilla se hizo cuerpo. “Hazme como tú me harías” recordaba. Entonces mientras me miraba extraña y sorprendida le dije sin hacer nada “ya te he hecho”. Indignada me dijo que qué me creía. Desnuda como estaba me invitó a abandonar su cueva fría y húmeda y como la ofendida que pretende ofender me inquirió “tú no eres un artista”. Salí de aquella casa con la sensación de haberlo dicho todo. Llegué a la mía adormecido. Cuando fui a lavarme las manos aún quedaban cachitos de barro adheridos a mis dedos. Junté todo el que pude y empecé a moldear. “Hazme como tú me harías”, “ya te he hecho”. El barro iba tomando forma, como si siempre hubiera sido mi amigo. Y ya no estaba ella desnuda enfrente mía. Y ya no estaba en aquella alcoba fría. Un timbre sonó para sacarme de mi trabajo. Era ella. Venía a llevarse el barro que me había quedado entre los dedos. Cuando le di su fiel imagen hecha de arcilla no supo decir nada. “Ya te he hecho”. No supo ni pedir perdón. Con una lágrima en los ojos tomó su barro y se dio la vuelta. Cerré mi puerta y me lavé las manos. Contemplé a aquella bailarina de metal durante mucho tiempo. A los pocos días un nuevo timbreteo en la puerta. Volvía a ser ella. “Vengo a llevarme tus recuerdos”. Y con un amasijo de hierros bajo el brazo, se marchó para siempre. Desde entonces sólo esculpo en madera, y robo las miradas de jóvenes que preguntan a otros qué se siente cuando se clavan astillas de hierro sin fundir. Y ahora tengo la respuesta... madera, uno se siente simple y llana madera.


* El escultor real de la imagen de la bailarina es Alcides Baiao.

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