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miércoles, septiembre 27, 2006

El nido del fénix

El fénix iba picoteando, buscando siempre las ramitas de hojarasca que mejor pudieran prender. Desechaba las verdosas por incombustibles, y gustaba de las ramas secas que ardieran con facilidad. Cada día señalado, aún sin la mirada de los atentos dioses, se colocaba en posición concreta renunciando a todo sueño inútil y a todo recuerdo que trastocara demasiado a su acicalada cabeza. Los iba amontonando sobre el centro del nido, con parsimonia casi mágica. Esta tarea duraba varias semanas, y había casos en los que se había llegado a tardar años en amontonar todo aquello que pudiera colmar de desengaño las alas del joven fénix. No era de extrañar que en el día señalado y a la hora justa, un buen número de turistas se acercaran hasta el nido construido para la ocasión y tomaran posiciones cámara en mano. Así, a simple vista, la leyenda había convertido al fénix en un animal mitológico, capaz de resurgir de sus cenizas. Aquel que ha prestado atención alguna vez al acto propio de morir y renacer, habrá observado el viejo truco de aquella ave sin ningún mérito especial. Su primera labor es prender las penas, que no se sabe porque arden con mucha facilidad. Ante el contagio continuo del fuego, son los recuerdos lo segundo que se quema, acompañado de desamores, traiciones, sueños, ilusiones y demás cuestiones que puedan lastrar el vuelo de nuestro pájaro. Así, entre tanta humareda, el Fénix se va quitando todo aquello con lo que no es capaz de vivir, sólo lo malo, dejando que se queme a fuego lento. Así con esa humareda los aleteos continuados por su intento de escapar del fuego no hacen más que avivarlo, y hacerlo más voraz en sus funciones. Así, con la humareda, parece que el ave muere presa de su propio ser, y sin embargo, se camufla entre la cortina de humo sin llegar jamás a perecer. Y así, cuando los turistas asombrados por el hecho creen que sólo quedan las cenizas mal contadas del nido, un ave con aspecto más joven asciende y surca el cielo, dejando lucir sus colores que antes estaban grises por su penar. Los turistas aplauden impresionados el vuelo colorido y se apresuran a cambiar el carrete de sus cámaras. Y el fénix, por su parte, condenado a interpretar esa función sin descanso una vez y otra, no es amigo de mentiras, y pronto comienza a teñir de gris sus alas, y la pérdida de color le hace sentirse triste, y así comienza un ciclo de recogida de ramitas de hojarasca y ramas secas que arderán con facilidad.

1 comentario:

Lunae dijo...

veo mucha autobiografia, quiza demasiada...y yo me pregunto...por que no, en vez de quemar la hojarasca y los palitos que poco a poco el fenix va recogiengo, los dedica mejor a hacerse un nido cada vez más estable, más fuerte...

se que asi lo mitológico, su belleza, se perdería...pero al menos la historia tendría un lugar feliz...puedes hacer una casa con los cimientos de otras anteriores, y así, la nueva, será mucho más bella y confortable...

intenta mirarlo de ese modo...