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martes, septiembre 26, 2006

Crónica de ayer...

La noche empieza a devorar cada vez antes las tardes de los martes. En un hoy marcado por mi primer paseo por la Luna, no he dejado de sentir la ingravidez que me atoró y me hizo ser tan torpe. No hay disculpa y mi cabeza, como la noche, empieza cada vez antes a devorarme con los hechos pasados, una vez más. El vértigo se hace sentir de muchas maneras, y el destino no siempre es un amigo de bombín y reloj de pulsera, a veces se disfraza de conejo y va robando el tiempo en las páginas de una historia de Alicia sin Maravillas. Y así fue como me dejé robar la noche por un diablo disfrazado de mí. Y así fue como me dejé robar la Luna y caí a mi cama con la misma fuerza como había subido. Sueños de finales de verano. El Destino, como decía, es un gran hijo puta. Casi siempre juega a mostrarte el caramelo de detrás de los escaparates. La cuestión es que una vez comprado el caramelo, no siempre se sabe saborear, y en ocasiones, malgastamos situaciones como si contáramos con segundas oportunidades. Mi vestido de astronauta hacía aguas por todos lados, y los pesos de mis zapatos no se anclaban a la superficie poco asfaltada de la Luna, y mi cabeza consumida como polvo de tabaco de las ganas de volar sin soltar el mundo con mi mano, y así se es incapaz de volar. Demasiada noche para tan poco cuerpo. Demasiada Luna. No os puedo decir cómo brillaba, no os puedo decir cómo reflectaba la luz, porque os mentiría. No sería capaz de deciros nada que pudiera alcanzar la verdad, y con esa premisa, mejor no decir nada. Y era ayer a estas horas un día critalino como el agua, y es hoy a estas horas más opaco que las piedras del muro que nunca abro... por imbécil, porque hay ocasiones en las que hay que dejar que se ilumine el mundo oscuro que no ventilo desde hace tiempo. Y en cumpleaños no celebrados marchitó el día, ocultándose la Luna con esa caríta tímida tan típica de los nervios, sin apenas medias sonrisas que valen por una entera, porque el tiempo no estaba de reír, ni de llorar, ni de nada que pudiera haber cambiado el mundo. Y a lomos de mi dragón verde, que sólo ruge y tembletea pero es cosa de la edad y de jinetes malos que no saben tratarle como merece, me iba dando cuenta de qué tonto se puede llegar a ser por no parar la noche. De lo sumamente imbécil que se puede ser por no saber reunir en un manojo todas las estrellas cuando se tiene ocasión, y regalarlas a quien se las merezca, y sin duda que ayer era el mejor momento. Crónica de un ayer que se consume entre restos de hoy y que me ha ido matando hasta estas horas en las que la noche se atreve a salir cada vez antes en las tardes de los martes. Amaneció el día con poco azúcar, con mucho sueño y con adoquines que se movían bajo mis pies, zozobrantes y con ganas de tirarme al suelo. Comenzó el día con mensajes de autobús entre retrasos y besos de tirón de orejas. Comenzó el día, y eso es algo que se repite continuamente, hoy, mañana y ayer, sin ninguna excepción que se conozca. Y como cantaba Sabina “pero ya no era ayer, sino mañana, y un insolente sol, como un ladrón entró, por la ventana”, y mi ventana es como todas, caprichosas a la hora de dejar filtrar la luz. Y hoy ya no era ayer, y no sé si habrá algún hoy que pueda volver a serlo. Pero no por eso deja de ser mañana, y con ello nuevas ganas por volar y soltarle la mano al mundo para agarrarme al cuello de la Luna, si se deja. Y con nuevas ganas de abrir ventanas y puertas, y derrumbar muros, y trepar hiedras y todo aquello que ayer a estas horas deseaba y que luego no pude demostrar. “Los actos son más sinceros que las palabras” decía Magdalena Scudery. Te prometo, si es que puedo prometer algo, que desde este momento dejaré de hablar como un leguleyo cualquiera, que me morderé la lengua si hace falta, y partiré los huesos de mis dedos para que no osen tocar las teclas que les ocupa para escribir frases, si con ello consigo obrar en lugar de decir. Te prometo que quiero ser yo. Reflejarme en la luz que proyectas como si fuera gratis y olvidarme del mundo, del miedo y de la soledad que tanto tiempo me ha mantenido fiel. Pero ya no era ayer, sino mañana... y un insolente sol, como un ladrón entró, por la ventana...

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