cara y de frente, de guiñar un ojo cuando la señorita Inés o la señorita Marga pasaban por el soportal que daba entrada a la panadería. Aquel día, aún siendo de costumbre ver al señor Cessaine pasar camino al Café Madrid, y a la señorita Inés deambular cansinamente del brazo de su amiga Marga, fue la primera vez que ambos coincidieron frente a frente. El señor Cessaine siempre cogía el camino más directo al Café, pasando por el arco que quedaba entre la librería y la Casa del pueblo, mientras que Doña Inés seguía siempre el mismo camino marcado sobre unos adoquines que sobresalían en algunos casos mucho más de la cuenta. El señor Cessaine tenía la insana costumbre de caminar siempre con paso ligero y la cabeza gacha, por lo que no pudo evitar chocar con la mirada de la señorita Inés al levantar la cabeza para no golpearse accidentalmente con Marga.– Disculpe señorita, por poco nos chocamos-
– Queda usted perdonado, señor...-
– Cessaine, señor Cessaine-
– Queda usted perdonado, señor Cessaine-
– Me alegro señorita...-
– Marga, y la amiga que me acompaña se llama Inés-
– Mucho gusto señoritas, y si me disculpan, llego tarde a una cita que tengo pendiente-
– Queda usted disculpado, faltaría más, pero quizá debería dejar usted esos juegos de café y dejarse ver más a menudo-
– Lo tendré en cuenta señorita Marga, siempre hago caso de los consejos que me dan las chicas guapas-
A Marga le encantaba como pronunciaba su nombre aquel apuesto francés de erres arrastradas. Le encantaba su timidez, sus dos ojos claros y su pelo engominado y corto. A Marga, por otro lado, le gustaban toda la clase de hombres, así que no era de extrañar que nuestro amigo francés cayera dentro de sus objetivos seleccionados. Doña Inés, por su parte, había visto a aquel francés una y mil veces salir de alguna calle tangente al mercado, pasar a su lado y desprender un olor característico, entre lavanda y tabaco. No podía entender bien cómo podían llamar señor a aquel muchacho que apenas alcanzaba los veintitrés años; no podía comprender cómo ni una sola vez había girado su cuello para mirarla cuando se cruzaban en la salida del mercado, ella cargada de bolsos y bolsones y él, con una gabardina con el cuello subido y ese olor tan peculiar. Ni si quiera una vez, esa vez que tiró su pañuelo azul con puntillas, ese hombre se había dignado a girarse, ni a agacharse para recogerlo, mientras que cinco fueron quienes sí lo hicieron... Tomás, el hijo de don Cosme, Gonzalo y Braulio, aquellos aprendices de carpinteros llenos de serrín y de ideas poco recomendables, don Arturo, un viudo de manos largas y sucias y Marcelo, un joven guapo, de pelo peinado a un lado, con sonrisa tímida y ojos con luz propia. La señorita Inés sabía que Marcelo mostraba gran interés por ella. Siempre que se cruzaban en la plaza tenía algún piropo reservado, algún gesto, algún giro de cabeza para luego teatralizar un suspiro. A Inés le gustaba todo eso, pero no le gustaba él. Sabía que si seguía así un día su padre la casaría con Marcelo a falta de más candidatos, pero ella quería otras cosas. Quería que el señor Cessaine girara la cabeza una sola vez para recogerle el pañuelo, o que no hubiera llamado guapa a su amiga Marga. ¿Por qué había llamado guapa a su amiga y no le había dirigido ni una sola mirada a ella? ¿Por qué? ¿Qué encerraba ese hombre? ¿Qué se había creído? Inés, mientras Marga le contaba las clases de costura que tomaba de su madre, tenía la cabeza puesta en las formas elegantes del francés; en como había ignorado por completo su nombre, como si ella fuera un espectro entre tanto adoquín levantado en el suelo.
Cuando el señor Cessaine llegó al Café Madrid le esperaban los amigos de tertulia de siempre.
- ¿Qué le ocurre hoy señor Cessaine? Está usted muy callado- Preguntaba y sugería Villegas con un puro en la mano. –
- No se preocupe usted por mí señor Villegas, pronto llegará el verano y mis aires se tornarán más alegres. Es este dichoso tiempo el que me pone triste.-
Villegas sabía perfectamente que aquel francés de frente despejada y pelo engominado mentía. No era el tiempo lo que le afectaba. Era más bien la tormenta perfecta. El pecho mediano, tirando a pequeño, de la joven Inés lo que le volvía loco. Era ese afán suyo por no acercarse a la muchacha como hacían el resto de los muchachos de su edad, y los que no eran de su edad. Ese miedo suyo al no aún a sabiendas que el no ya lo tenía. Villegas, tras su aspecto de hombre pasado de años y de ideas, escondía un pequeño rincón donde apreciaba o despreciaba a cada uno. Y observaba detenidamente los pros y contras de sus amigos y enemigos. Cessaine, no se sabe bien los motivos, le había caído bien desde el principio, y se había tomado la molestia de seguirle la pista. Ya le había avisado aquel día en la salida de la Iglesia. Desde entonces no había hecho comentario alguno con él, pero sabía, y a ciencia cierta, que el francés iba preguntando a diestro y siniestro sobre la situación de la muchacha a gente que no convenía. Marcelo, por su parte, que en un principio había visto al marsellés como enemigo ante su anhelada conquista de su doña Inés particular, había roto su empeño de verle como villano en cuanto vio que el francés la ignoraba como si de una chiquilla pequeña o de una anciana se tratara. Había visto los fantasmas, los había eliminado, y no se daba cuenta de que toda una tropa de espectros hacían la guerra por su lado, convencido como estaba de que no había guerra ninguna.
Cessaine seguía abstraído como estaba. Con una copa de licor de mora en la mano, y un contertulio que le sugería que la ópera de París era sin duda mejor que la alemana. Cessaine, poco acostumbrado a óperas, ni cantos de escenario, poco le importaba discutir, teniendo la mente en otro sitio con nombre de mujer, así que asentía continuamente como si de un muelle se tratara.
Aquel día, cuando después de despedirse de las amigos de tertulia, llegó a su habitación, regentada por el señor Villegas, quien le había acompañado hasta la casa, abrió su cuaderno forrado de piel y a los pies del “Ahora que muerdo al tiempo, que me queda corto y sobran los segundos”, escribió un “por ella”. Aquel por ella era la confesión escrita de lo que la mente le había sugerido desde hace tiempo. Nuestro amigo el señor Cessaine estaba enamorado de la señorita Inés, que sin saberlo, y lo que es peor, sin pretenderlo, tenía tras sus pasos a un francés engalanado de gabardina de cuello subido, paso grácil y cabeza gacha. Aquel “por ella”, sin embargo, era la forma de rendirse definitivamente que tenía el señor Cessaine. Hasta ese momento no había querido escribir nada más en aquel cuaderno, falto como estaba de palabras que pudieran continuar aquella frase. Sabía que si un día escribía lo que estaba escribiendo, sería porque estaría lo suficientemente loco como para renunciar a ella de una manera definitiva. Para agarrar las alas de sus sueños y dejar de volar. De qué le valía seguir sus pasos durante un año escondido entre legumbres de temporada. De qué le había valido su disfraz de indiferente si no era capaz de agacharse a recoger un pañuelo azul con puntillas cuando todas las terminaciones nerviosas de su cuerpo le ordenaban que lo hiciera, y sin embargo, él que no, que no podía ser, que de haberse agachado a por él, hubiera sido un no seguro. Pero a fin de cuentas lo único que había tenido durante ese último año había sido un no. Un no continuo a sus deseos de encontrarse en el arco que da a la panadería para guiñarle un ojo a esas que de frente, y en el sentido contrario a las agujas del reloj, llegaban hasta él. Y un no a aquellos deseos de coger los bolsos y bolsones de la compra y acompañarla hasta su casa de final de la calle Estrada. Tenía que renunciar a ella. Tenía que renunciar a Inés y quizá, volver a su Marsella natal, donde el mar no deja que haga estos fríos.
Cuando Inés llegó a casa, tras dejar a buen recaudo a Marga en los brazos de Braulio, uno de aquellos aprendices de carpintero lleno de serrín y de malas intenciones que nombramos antes, tomó asiento en la mecedora que daba al ventanuco de su habitación y comenzó a chapurrear lo que malamente pudo entender de un libro infantil que le había dejado el padre de Marga, el maestro. Inés, siendo como era de condición humilde, no había tenido posibilidad de encontrar la educación dentro de su familia, dado que sus padres abogaban por el trabajo antes que por la cultura. Así, abusando quizá de la confianza del padre de su mejor amiga, le había pedido por favor que le enseñara a mal leer. El señor Manuel, que así se llamaba el padre de la aventurera Marga, tocado en su vocación de educador, no dudó ni un instante en mostrar una sonrisa inmensa y de afirmar ante la petición de Inés. Llevaban ya dos meses de duras enseñanzas en los ratos libres del uno y de la otra, e Inés comenzaba a poder leer despacito, pero entendiendo el contenido de cada palabra, por lo que el resto sería ya cuestión de coger el ritmo. Don Manuel, atento a las condiciones de la muchacha, lo primero que hizo tras dar por terminadas las lecciones básicas, fue regalarle una colección de libros infantiles que había utilizado Marga durante su adolescencia. Pasados de moda y de interés para su legítima dueña, Inés los acogía ahora dándoles nuevo uso y reverdeciéndolos en sus objetivos de ser leídos. Inés apuntaba en un papel cada palabra que no entendía, y cada viernes acudía a casa de Don Manuel a consultarle sus dudas. Ante esta costumbre, Don Manuel decidió regalarle a la señorita Inés un diccionario para que se familiarizase con el ir buscando palabras entre un mar de letras.
Rendido como estaba, cansado física y mentalmente, el señor Cessaine se había quedado dormido encima de su cama sin deshacerla y sin desvestirse. La vela que le había iluminado en su regreso a su habitación estaba completamente consumida, y un riachuelo de cera seca pendía del portavelas cayendo sobre la mesilla de noche. El cuaderno abierto sobre su primera hoja, con aquel llamativo cuerpo negro sobre fondo blanco casi amarillo que decía “Ahora que muerdo al tiempo, que me queda corto y sobran los segundos por ella”. No. No le quedaba corto. Ni mucho menos. Nada en esta vida le había quedado corto jamás, aún menos el tiempo. El tiempo nunca es corto, sólo hay que saber sacarle partido; vivir cada fracción de milésima de segundo que te concede, y él no estaba dispuesto a seguir perdiéndolo miserablemente entre puestos de judías espiando la imagen que le ocupaba su cerebro, su pecho y su locura. No había llegado desde Marsella para dejarse soñar demasiado. Para soñar prefería el horizonte con veleros de su ciudad natal. Aquel día no fue a la calle Luna. Por no ir no fue ni a la Novena de los viernes, ni acudió al Café Madrid para beber una copita de licor de mora y charlar sobre los divino y lo humano.
Doña Inés, por su parte, después de practicar un poco su lectura, se acostó despreocupada de la vida, sabiendo que mañana sería otro día y sin acordarse ya de que su señor Cessaine había llamado guapa a Marga, quien yacía de placer en el taller de carpintería del señor Zarguán, con el benjamín de los aprendices. No se acordó de los ojos marrones del francés, ni de su pelo engominado, ni del piropo gracioso que en aquella ocasión sí, le había hecho soltar una carcajada a su paso por la espalda de Marcelo.
La señorita Inés sí acudió, como estaba señalado, a la Novena. Saludó al párroco, preguntó a Marga sobre cómo había pasado la noche y decidió que Don Manuel est
aría demasiado cansado como para solucionar sus dudas, así que a la salida de misa tomó el camino directo para su casa.El señor Cessaine no salió en todo el día de su habitación. Villegas, preocupado por el muchacho, le hizo preparar un reconstituyente, por si sus males tenían algo que ver con el estómago más que con la cabeza, pero ni con esas. Cessaine se negó a levantarse de la cama en todo el día, y le pidió al señor Villegas que cerrara su puerta antes de salir de la habitación. Entonces pasó. Cessaine, rendido y roto sin saber porque, tomo aquella pluma regalo de su padre y empezó a escribir en todas las hojas de su cuaderno forrado de piel. Estuvo así lo que quedaba del día y buena parte de la noche. Sin parar de escribir. En cada rincón, en cada pequeño rincón de papel...
La señora Inés rezó antes de irse a dormir. Apagó la vela de la mesilla y se metió en su cama. Pensó que ese había sido el primer día en un año que no veía al señor Cessaine, y no sabía bien si su sensación era de echarle de menos, o de satisfacción. Ella no sabía que él le había estado espiando todo ese tiempo. Que la había estado siguiendo todos los días hasta el mercado, escondido en la calle Luna, observándola entre frutas y hortalizas. Ella no sabía que no quería mirarla, ni girarse a recoger pañuelos, por no sacar de su boca un no. Y sin embargo, por qué el último pensamiento del día era para él, para un desconocido al que había visto todos los días durante un año, del que sabía prácticamente todo, pero del que no sabía nada. Qué hacía ella, Inés, pensando en aquel francés arrogante que la ignoraba, antes de irse a dormir. Entonces, sin saber bien si estaba herida en su orgullo, o es que empezaba a sentir algo por él, cerró los ojos y comenzó a dormirse.
A la mañana siguiente, cuando las campanas tocaban a maitines y el pan empezaba a salir de su horneado, el pueblo se vio sembrado de hojas blancas casi amarillas. Por todas partes, en todos los lugares, en cada esquina había un cartelito escrito a mano en el que podía leerse “Ahora que muerdo al tiempo, que se queda corto y sobran los segundos, por ella”. Se pudo leer en la puerta de la Iglesia. En cada una de las puertas de las casas, en cada arco de la Plaza. En el cristal del Café Madrid y en el de la Panadería también, y en la Casa del Pueblo. Se pudo leer en la fachada de la casa de Marcelo, y en la de Don Manuel y la señorita Marga. Se pudo leer en el taller de carpintería, donde Braulio dormía agarrado a una morena llamada Jacinta. Se pudo leer también en la puerta del señor Villegas, y en todos y cada uno de los puestos del mercado. Se pudo leer en todos los rincones de aquel pueblo, en todos menos en uno. En la casa de la señorita Inés no había mensaje de ese tipo colgado en la puerta. No había un pedacito de hoja en blanco, casi amarilla, con un “Ahora que muerdo al tiempo, que me queda corto y sobran los segundos por ella”. Aquella mañana, escrito con perfecta letra, en una hoja entera, se pudo leer « Maintenant que je mords au temps, qui me reste court et les deuxièmes restent, par toi». Un « Ahora que muerdo al tiempo, que me queda corto y me sobran los segundos, por ti ». Inés, que apenas sabía leer el castellano, jamás hubiera pensado intentar leer el francés, y ante la duda, y estando como estaba Don Manuel tan ocupado, sólo quedaba una opción para saciar sus dudas en todo el pueblo. Decidida, se vistió como sólo la duda y los nervios hacen que alguien se vista. Bajó rápido y tomó su adoquinada calle Estrada hasta la casa del señor Villegas. Llamó a la puerta, y esperó a que alguien dentro se la abriera. Fue la espera más angustiosa que jamás había vivido. Quería decirle te quiero. Quería agarrar a aquel francés de pelo engominado y decirle que nunca jamás le volviera a tratar como si no existiera. No sabía francés, es cierto, pero no le hacía falta. Había podido leer todos y cada uno de los carteles que había repartidos por el pueblo. Todos y cada uno con la misma letra pero en distinto idioma, sólo la suya estaba escrita en francés. Todos y cada uno le acercaban cada vez más a la calle del señor Villegas, para lanzarse a los brazos de un francés tímido que la esperaba en la calle Luna cada uno de los días que ella iba al mercado. Y justo, el día que no va, decide declarar su amor por todo el pueblo. Cada adoquín del suelo, todos y cada uno, tenían su correspondiente mensaje. Cada piedra... Volvió a llamar insistentemente, con una sonrisa en la boca, esperando que no la hubieran oído. Pero la espera era demasiado para un corazón que quería volar, abrir sus alas. Un ruido de tañidos de
campana la rescató de sus sueños. No era hora de misa, así que sólo un incendio, o algo grave podía estar pasando. Los rumores fueron más rápidos que ella. Siempre lo son. La gente comenzaba a aglomerarse en la puerta de la Iglesia, donde un conjunto de “ayes” salían de las bocas para luego, en un gesto automático, tapárselas con las manos. Y los rumores otra vez subiendo la calle, en dirección a la puerta de la casa de Villegas. Y en las escaleras, casi tocando la puerta de la Iglesia, un señor Cessaine caído, sobre el suelo, mecido en su sueño, con un río de sangre que brotaba de sus ropas. Y un Marcelo a su derecha que lloraba, y se limpiaba como podía sus manos en cualquier sitio, buscando expirar la culpa mientras era arrestado. Y una Inés que no quería creer mientras bajaba dirección a la Iglesia; mientras lloraba y su llanto iba borrando cada uno de los mensajes que en los adoquines había dejado Cessaine, no sin ayuda de Villegas en esta loca tarea. Y los iba borrando para siempre. Mientras agarraba desesperada un trozo de papel en letras francesas que nadie iba a poder traducir. Que nadie ya la iba a poder decir. Y entonces se dio cuenta... y Cessaine mordía al tiempo, y ahora sí se le quedaba corto, y ya, tarde, sobraban los segundos, sólo por ella... y en la puerta de aquella Iglesia de aquel pueblo, con sangre reciente y dedo medio muerto, quedó para siempre una frase que nunca se pudo borrar... « Maintenant que je mords au temps, qui me reste court et les deuxièmes restent, par toi».
1 comentario:
Joo, Javi, qué bonito pero qué triste... ¿no conseguiremos algún "SI" aunque sea en un relato? A ver si antes de que me muerda el tiempo consigo perder el miedo al "NO"... Besos y piensa en poSItivo!
Publicar un comentario