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viernes, octubre 05, 2007

A las ideologías...


- Uno, due, tre, quattro, cincue, sei,...- continuamente la misma retahíla de numerales... impertérritos, inamovibles, insufribles e interminables... Todos los in entraban en ellos... – Uno, due, tre, quattro, cincue, sei...- y vuelta a empezar. Aquel modo tan pragmático y anticuado de enseñanza me recordaba a esos desfiles militares que tanto le gustaban a mi abuelo. “Esos pequeños peones de ajedrez moviéndose al unísono, en paso marcial, qué pena me dan muchacho... siguiendo una bandera como el burro que sigue la zanahoria, jamás tendrán cerebro... y levantan demasiado polvo cuando caminan” solía repetirme en muchas de las tardes de verano en las que no tenía otra diversión que enseñarme aquella vieja herida de metralla de su pierna. Aquel viejo arrugado duerme ahora la siesta. Repite en sueños conquistas a las orillas del Ebro, donde perdió la guerra en la que nunca estuvo, pues no era él, sino otro más joven, más comprometido y menos derrotado de lo que nunca jamás volvió a ser. Entre resquemores y aguardiente, entre mondadientes machacados en las puntas y pequeños chatos de vino antes de las comidas olvidaba su gorro y sus ideas en disputas dialécticas del bar. – Uno, due, tre, quattro, cincue, sei...- -Marco, dove stai?- En verdad responder a las preguntas de la profesora de italiano hubiera supuesto una falta de respeto –Marco, qui cosa fai?- Recobrando la consciencia, si es que alguna vez tuve y gaste de semejante sustantivo, recorrí con la mirada las cuatro paredes mal pintadas de aquel aula... No encontré en esa exploración nada anormal o que no encajara dentro de una lógica organización del espacio en la que hasta ese momento no había volcado mi atención, pero sí era algo sonrojante las miradas escrutadoras del resto de compañeros que compartían los tan consabidos uno, due, tre y demás que aún resonaban por la clase. Parece que era mi turno, mi epopéyica manera de continuar el propio paso marcial del ritmo constante, de la idea silenciada y del machaqueo perenne de la repetitividad... Era mi momento. –Marco, scusi, puedes decir la tua parte- En un castellano medio correcto, mucho más correcto que mi imaginado italiano, que mis propias memorias de batallas en el Ebro, era el minuto preciso, el lugar correcto, la gente adecuada para romper de una vez por todas con aquel repetitivo uno, due, tre, quattro que asfixiaba mi cerebro y me remitía a pensamientos lejanos. Me veía con aquel traje verdoso a manchas, con mi arma al hombro, mi gorro con borla roja, y mi giro de cuello a modo de saludo... con mi paso preciso, milimétrico, mi línea trazada, mi pensamiento formado y amasado... y veía al otro lado de la orilla a mi abuelo, caído en sangre, con una herida de metralla que brotaba de la pierna... y justo cuando cerraba el libro de italiano por la página marcada, cuando guardaba para mi los bolígrafos, lapiceros y cuadernos de tareas victorioso, vi como al otro lado del río un conjunto de camaradas recogían a mi abuelo mientras en voz muy bajita, casi imperceptible, repetían números en inglés – One, two, three, four, five, six- y así una y otra vez, una y otra vez y mi abuelo sonreía... y veía como a esta orilla del río un viejo que participó en las guerras de Marruecos comentaba, con voz seca y rota, lo mal formadas que estaban esas líneas, lo lentas, lo feo de sus pendones, el mal sonido de sus trompetas, y ponía el símil del mono que corría tras el plátano aunque el primero estuviera dentro de una jaula y el plátano fuera... Hundido, rotos mis esquemas, con el cuaderno cerrado sobre mi pecho, rompí el silencio con un levísimo –uno, due...- derrotado, pero ahí paré. Miré a cada una de las miradas que se posaban en mis ojos. Escruté el rostro de odio de la profesora que contemplaba escandalizada mi actuación y entonces continué... – one, due, tres, quatre, fünf, 六, syem – no por pensar que cada uno de esos números era mejor que los otros, sino porque sencillamente nunca pude entender la manera de pensar de ninguno de ellos...
Desde aquel día todos sin excepción, los italianos y los ingleses, los españoles, los franceses y alemanes, los chinos y los rusos, me señalan tachándome de anarquista, de desecho, de insumiso, me rechazan en sus pueblos, me prohíben hablar sus idiomas, conocer a sus gentes, estudiar sus historias; me silencian, me ciegan, me ensordecen como si nunca jamás hubiera existido... y ahí los tengo, todos los uniformes planchaditos, lisos y tersos por su mañana, en mi inconsciencia, quiero volver al sendero y ponerme ese traje camel , verde botella o blanco, y defender el Ebro y Marruecos, la bandera, la zanahoria, el palo de la zanahoria, el mono, el plátano y la jaula, todo eso... todo, es demasiado para un simple y llano- one, due, tres, quatre, fünf, 六, syem- porque todos son iguales, porque todos, tienen los mismos números, aunque suenen distintos y mi tiempo, se cansó de yunques y martillos, de aves migratorias, de elefantes rosas y de cielos más rojos que el más rojo atardecer...
PD: no olvide repetir cien veces “uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis”. Su ideología lo agradecerá...

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