- Uno, due, tre, quattro, cincue, sei,...- continuamente la misma retahíla de numerales... impertérritos, inamovibles, insufribles e interminables... Todos los in entraban en ellos... – Uno, due, tre, quattro, cincue, sei...- y vuelta a empezar. Aquel modo tan pragmático y anticuado de enseñanza me recordaba a esos desfiles militares que tanto le gustaban a mi abuelo. “Esos pequeños peones de ajedrez moviéndose al unísono, en paso marcial, qué pena me dan muchacho... siguiendo una bandera como el burro que sigue la zanahoria, jamás tendrán cerebro... y levantan demasiado polvo cuando caminan” solía repetirme en muchas de las tardes de verano en las que no tenía otra diversión que enseñarme aquella vieja herida de metralla de su pierna. Aquel viejo arrugado duerme ahora la siesta. Repite en sueños conquistas a las orillas del Ebro, donde perdió la guerra en la que nunca estuvo, pues no era él, sino otro más joven, más comprometido y menos derrotado de lo que nunca jamás volvió a ser. Entre resquemores y aguardiente, entre mondadientes machacados en las puntas y pequeños chatos de vino antes d
os, lapiceros y cuadernos de tareas victorioso, vi como al otro lado del río un conjunto de camaradas recogían a mi abuelo mientras en voz muy bajita, casi imperceptible, repetían números en inglés – One, two, three, four, five, six- y así una y otra vez, una y otra vez y mi abuelo sonreía... y veía como a esta orilla del río un viejo que participó en las guerras de Marruecos comentaba, con voz seca y rota, lo mal formadas que estaban esas líneas, lo lentas, lo feo de sus pendones, el mal sonido de sus trompetas, y ponía el símil del mono que corría tras el plátano aunque el primero estuviera dentro de una jaula y el plátano fuera... Hundido, rotos mis esquemas, con el cuaderno cerrado sobre mi pecho, rompí el silencio con un levísimo –uno, due...- derrotado, pero ahí paré. Miré a cada una de las miradas que se posaban en mis ojos. Escruté el rostro de odio de la profesora que contemplaba escandalizada mi actuación y entonces continué... – one, due, tres, quatre, fünf, 六, syem – no por pensar que cada uno de esos números era mejor que los otros, sino porque sencillamente nunca pude entender la manera de pensar de ninguno de ellos...Desde aquel día todos sin excepción, los italianos y los ingleses, los españoles, los franceses y alemanes, los chinos y los rusos, me señalan tachándome de anarquista, de desecho, de insumiso, me rechazan en sus pueblos, me prohíben hablar sus idiomas, conocer a sus gentes, estudiar sus historias; me silencian, me ciegan, me ensordecen como si nunca jamás hubiera existido... y ahí los tengo, todos los uniformes planchaditos, lisos y tersos por su mañana, en mi inconsciencia, quiero volver al sendero y ponerme ese traje camel , verde botella o blanco, y defender el Ebro y Marruecos, la bandera, la zanahoria, el palo de la zanahoria, el mono, el plátano y la jaula, todo eso... todo, es demasiado para un simple y llano- one, due, tres, quatre, fünf, 六, syem- porque todos son iguales, porque todos, tienen los mismos números, aunque suenen distintos y mi tiempo, se cansó de yunques y martillos, de aves migratorias, de elefantes rosas y de cielos más rojos que el más rojo atardecer...
PD: no olvide repetir cien veces “uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis”. Su ideología lo agradecerá...
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