Nunca llegó a nada en la vida.
Se casó, tuvo dos hijas y una casa con jardín y piscina.
Estaba orgulloso consigo mismo,
pero nunca miró mas allá de sus narices.
Entre Dow Jones y acciones en la India,
jamás contempló el rostro inexorable de la felicidad.
Aquella mañana se despidió de todos, de sus camisas Armani y su viejo Chebrolet,
y por la autopista que lleva a ningún sitio,
fue en busca del niño que perdió entre las sombras y los años.
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